De personas que se marchan.

3.8.16


El 17 de junio perdí a mi abuela.

Era una mañana soleada como cualquier otra. Llevaba muy enferma desde hacía años, solo que los últimos meses se había puesto peor. Pero ya estaba acostumbrada a que estuviera enferma. Se pondría mejor y la enviarían a casa. Solo era una mala racha. Pasaría y podría ir a su casa, sin hospitales ni camillas. Eso me decía. Pero al final pasó lo que no quería que pasase.

Mi madre nos despertó a mi hermana y a mi para darnos la noticia. ¿Sabéis cual fue mi respuesta? "Vale" y me volví a tumbar en la cama, con cada sentimiento bloqueado. "Qué insensible", pensareis. Yo también lo pensé. Pero es la verdad. He visto miles de películas, series y he leído cientos de libros donde se refleja lo que pasa cuando alguien cercano muere. La rabia, el dolor, las lágrimas. Y yo no sentí nada de eso. Simplemente no sentí nada, por lo menos, en las primeras horas.

Sí, he perdido personas antes, pero esto era diferente, porque mi abuela lo era. 
Mi abuela era alguien que siempre estaba ahí. 
Mi abuela era la que me acogía en su casa cuando mis padres trabajaban todo el día.
Mi abuela era la que me limpiaba el barro de las manos cuando volvía de jugar.
Mi abuela era la que más se alegraba con mis logros, la que le restaba importancia a mis fracasos.
Mi abuela era quien más me animaba a estudiar, porque ella no había podido hacerlo, porque no tuvo la oportunidad de ofrecerle a sus hijos una formación más compleja.
Mi abuela era la que se despedía de mi llamándome "mi niña", qué siempre se preocupaba de cómo estaba, qué hacía, la única persona cuyas alabanzas creía. 
Mi abuela era, pero ya no es.

Así que simplemente me quedé en mi cama, tumbada, escuchando a mi hermana llorar en la habitación de al lado y preguntándome por qué yo no podía. Me parecía tan irreal que el sol hubiera salido como todos los días, que los pajaritos de mi vecina siguieran cantando como de costumbre, como si no importara que ella ya no estuviera. Me pareció tan injusto, tan insultante y me sentí tan impotente que todo siguiera rodando y yo no supiera qué hacer, qué decir o qué sentir. Mi infancia la había vivido con ella, no tanto mi adolescencia, pero no sé porqué, la tenía como un pilar seguro en mi vida. ¿Y sabéis lo que pasa cuando un pilar se cae? La estructura se tambalea y, si es muy importante, todo se viene abajo. Ella era uno de los centrales. Y todo se me vino encima.

Los días pude sobrellevarlos. de alguna forma, ver a todos a mi alrededor tristes me bloquea emocionalmente. Me mantenía ocupada, sin pensar y sin sentir. Por eso las noches eran lo peor, porque lo más difícil es escapar de tu propia mente. Esa que me decía que ya no volvería a verla en su sillón, riendo con alguna telenovela o riendo por alguna chorrada que le había contado. ¡Qué satisfacción es hacer reír a alguien a quien quieres! Pero ya no podría, ya no más. ¿Cómo sería ahora ir a su casa y ver ese mismo sillón vacío? ¿Cómo serian ahora las Navidades? ¿Qué haría mi abuelo? 

Dos días más tarde tenía que partir hacia Barcelona, justamente su hogar durante muchos años antes de mudarse al pueblo donde vivo. Le había contado que iba a ir, en el hospital, tratando de animarla un poco. Esa fue la última vez que la vi. El día 19 partí hacía esa ciudad, pero me sentía pequeña, torpe, insegura, dolorida y asustada. Yo sola, en una ciudad grande y con todo lo que tenía por delante, todo lo que ya no podría terminar de contarle. sé que es injusto por mi parte. Estaba muy enferma, sufría y lo único peor que ver a alguien a quien quieres morir es saber que sufre y que tú no puedes hacer nada. Y ahí estaba yo, sintiéndome terriblemente egoísta porque no quería que se fuese y sintiéndome terriblemente horrible porque la única solución que quedaba para que dejara de sufrir era justamente esa. 

No escribo esto sin dolor. Aquel 17 de junio una parte de mi se fue con ella. Casi pude ver como una pequeña versión de mi, de unos 5 añitos se alejaba de la mano con ella, despacio, dándome la espalda y yo me quedaba en el suelo, tirada, llamándolas sin éxito para que volvieran. O así fue como lo sentí. 

Sé que es ley de vida, que los abuelos no son eternos, que todo el mundo (o casi todos) les toca vivir esto. Pero saberlo no lo hace fácil, ni llevadero. Te rompe y aunque la brecha para de sangrar la cicatriz sigue ahí. Y la llevas contigo. Y hay días que pesa más que otros pero no puedes hacer nada más que mirarla, cerrar los ojos recordando por quién sangraste y seguir adelante.

Hoy es uno de esos días en las que la cicatriz me pesa más que otros y por eso me apetecía sacar un poco fuera. Las letras siempre me han dado consuelo, pero esta vez no busco nada más que plasmar el recuerdo de alguien (de las pocas personas) a quien he querido mucho.

S.N.

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